Tener tiempo, disposición y eventos que coincidan en la vida de una persona para reflexionar y hablar de lo que es vivir y lo que es morir es algo raramente frecuente. Y lo refiero porque normalmente nosotros mismos negamos tal posibilidad al sumarla a un sinnúmero de factores: cultura, sociedad, época, principios, convicciones, incluso el miedo; impedimos o alejamos el momento que nos acerca a preguntarnos hasta donde podemos extender la vida, o bien, concluirla; dicho de otro modo: cuándo puede ser el momento adecuado para acabar con uno.

Sobra decir que renunciar a vivir de manera voluntaria nos confronta puesto que reconocemos nítidamente la facultad humana de la libertad innegable que poseemos para indagar en la continuidad o en el cese de nuestra vida. La mera concepción de esta opción inquieta o perturba al escucharla en otros y qué decir de acceder a ella desde nuestras personas más amadas. Para no alarmarnos, resulta conveniente reconocer que el pensamiento ajeno tiene una propia experiencia de vida, lo cual casi no tenemos presente; olvidamos que cada individuo cuenta con sus propios significados y simbolismos adjudicados a lo vivido.

Es justo aquí donde no llegamos a ser capaces de entender lo que una persona ha entendido y sentido con sus propias vivencias; en consecuencia, resulta sencillo interrogar o cuestionar lo ajeno, poner en duda o en entredicho lo que corresponde únicamente a otro. No obstante, el tema sustancial es la capacidad que tiene cada ser humano para aceptar o negar el hecho de morir. La finitud está ahí, frente a nosotros, en espera; se presenta en ámbitos de enfermedad o en cuestiones de deterioro al ir cumpliendo con nuestro desarrollo evolutivo -ser niños, adolescentes, adultos, ancianos-, se muestra en un accidente o en un desastre natural, se asoma en nuestras incapacidades orgánicas y mejor no digamos más; en síntesis, no tenemos clara noción de lo que implica que alguien o nosotros mismos no queramos seguir viviendo.

Antes de tomar una decisión tan definitiva e irreversible, debemos saber si se han creado suficientes condiciones informativas o de conocimiento con que podamos nutrirnos y determinar entonces si lleva razón suficiente la consideración de dejar de estar vivos; sobran ejemplos donde, en el deseo de deshacernos de dolores o sufrimientos, al cabo de días notamos que lo pensado o sentido resultó extremo, radical, o impulsivo; y que, por no visualizar la vivencia con claridad, pudimos caer en apresuramientos y precipitaciones de algo que, después, encontró solución o alcanzó una salida.

Viene siendo hasta nuestros días un año difícil, lleno de sinsabores y dificultades, desbordante de cambios y transiciones que nos hacen sentir perturbados o amenazados con motivos genuinos; sería injusto e insensible hacer menos lo que cada uno hemos concebido en nuestro interior -ya sea pensando o sintiendo- y que ha propiciado que nos mostremos deseosos de no seguir aquí, en la vida que nos muestra dolor; se han arrebatado vidas de personas dignas que seguramente merecían estar más tiempo en este mundo o quizá fuimos desterrados de ambientes laborales donde nos entregamos plenamente; abreviando, han dejado de estar personas o lugares que hacían dichosa nuestra vida. Un día estaremos en igualdad de condiciones, entiéndase, en la no existencia.

Quizá valga la pena no precipitarla, no traer a este momento lo que tal vez aún está muy lejano; poco a poco iremos dejando este lugar –si no es que ya lo estamos haciendo–.

Recurrir a personas que entiendan y escuchen, recurrir a especialistas en manejo del pensamiento y la emoción, recurrir a todo espacio que permita encontrar gestión de lo que rebasa o vulnera nos permitiría subsistir, nos daría puntos a considerar para mirarnos capaces de gestar esperanza y dejar lo adverso atrás –en lo pasado, en lo asumido–. Seamos pacientes con nosotros mismos, vivifiquémonos aún en lo que vale la pena, lo que da sentido. Un día llegaremos al cumplimiento de aquello que sabemos que está ahí, a la espera… y que todavía no es hoy.

Psic. David Alberto Osorio Ibarra
Programa de Éxito Académico y Profesional (PEAP)


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