Sí, lo sabemos. Como cada año, vivimos un día más de amor o de amistad –dependiendo los casos– o si lo queremos ver más nostálgico, aún estamos en el mes del amor.

De acuerdo a lo que socialmente se ha convenido, la celebración de este día fortalece los vínculos y afectos que tenemos con quienes nos relacionamos cotidianamente. En estos días solemos estar más intencionados y dispuestos a abrir ese terreno emocional amoroso sin temor a ser vistos como personas cursis o sensibles y lo hacemos porque ese día la mayoría se encuentra por el mismo camino. Sin duda, es necesario que exista una fecha que nos lo recuerde y que lo fomente –que no olvidemos dar amor ni recibirlo, porque recibirlo también nos permite completarnos en ese sentimiento: lo doy y lo recibo-.

Sin embargo, en la conformación humana hay instantes donde nuestro descontrol de emociones o nuestros mismos impulsos nos hacen cometer actos que no son tan favorecedores si de mostrar amor se trata. Por supuesto que el amor puede colmarnos de dicha… pero también de desdicha –en caso de pasar por la pérdida de la figura amada-; claro que el amor puede pasar por la lealtad… pero también por la deslealtad –“No fui leal porque me enamoré de otra u otro…”-; absolutamente por el amor podemos sacrificarnos… o ser sacrificados.

En justificación del amor, el ser humano es capaz de validar lo indeseable: “Por amor a ella o a él, callé…”, “Por amor a ella o a él, mentí…”, “Por amor a ella o a él… padecí”. El vocabulario común alumbra lo siguiente: “Por amor a ella o a él: soporté, toleré, comprendí, aguanté, renuncié a mí”. La renuncia a uno mismo es algo que no debe ocurrir, sin embargo ocurre. Cuando comienza la renuncia a uno mismo se permiten los agravios y las faltas que deterioran o deshacen gradualmente la identidad de una persona; nada peor y penoso que quitar identidad o disminuir a otro que, en honestidad y esperanza, compartió con nosotros su amor.

La atención, la sutilidad que empleemos para identificar esos mínimos detalles que son anuncios de conductas futuras deben ser reconocidos por nosotros sin omisiones; hay que esforzarse para no caer en el autoengaño cuando algo es evidente y repetido -aunque nos pese o nos lastime-. Debemos asumirnos en la responsabilidad del autocuidado y partir de la señalada aceptación para considerar que la persona con quien nos relacionamos es un ser humano, tal como nosotros; debemos aceptar que no es una deidad, no es un ídolo, no es un santo ni un ser que se hará cargo de nosotros y generará el amor que está ausente.

Un elemento más que caracteriza al ser humano es su insumabilidad, esto quiere decir que, así como no podemos dividirnos tampoco puede sumársenos nadie, mucho menos deberíamos cargar con el desamor de un adulto que debe, en principio, hacerse cargo de sí mismo como adulto que es; cada persona es una, cada persona es un ser completo. En cada persona debe reconocerse el amor propio como algo que le faculta y le determina para darle dirección a su vida. Después, surge la posibilidad de elegir libremente -sin influencias de ser posible- si el amor propio se compartirá con alguien que se corresponde con la manera como concebimos y vivimos el amor, o bien, el amor propio permanecerá para uno o para compartirse con alguien más y no forzosamente con una pareja (como pueden ser los amigos, los integrantes de nuestra familia de origen, personas desconocidas que necesiten muestras de amor altruista –niños con enfermedades, personas que pasan hambre, ancianos que han sido olvidados, etcétera); o incluso, puede vivirse el amor no necesariamente hacia otro ser humano sino hacia un ser vivo o la naturaleza misma (al procurar a nuestras mascotas, velando por la subsistencia de plantas y árboles, cuidando el agua, en fin).

Habilitarnos en las formas de expresar nuestras emociones y el amor nos enriquece. Darnos cuenta de cómo lo hace el resto nos auxilia, sin duda, al contrastar el modo como lo hacemos nosotros. Elegir las mejores manifestaciones nos ayuda a regularnos y protegernos, además de que  moldea las formas en que se educará a las generaciones por venir, entendiendo esto como la educación emocional que daremos a los hijos si es que consideramos procrearlos.

Cuando el amor deja de ser amor para dar lugar al desamor, comencemos a tomar conciencia en sus posibles secuelas y lo que nos provocarán… ahí nos confrontaremos con nuestra propia responsabilidad.

Si tienes inquietudes para reconocer la forma como estás viviendo tu relación de pareja y consideras que esto interviene en tu desempeño diario, laboral, familiar o académico, puedes contactarnos directamente en el Servicio de Orientación Psicológica de la universidad, el cual forma parte del Programa de Éxito Académico y Profesional, y ahí conversaremos para dar cauce a todas tus inquietudes.

Psic. David Alberto Osorio Ibarra
Programa de Éxito Académico y Profesional (PEAP)