Es cierto que uno de los puntos que nos colocan en un grado mayor de consciencia es el de la autoevaluación; ahí es donde muchas veces, al repasar las experiencias recientes de nuestra vida —o incluso lejanas— nos damos cuenta de cómo vamos desarrollándonos en el vivir y si somos en ese momento lo que hemos concebido ser.

Asumiendo que las actividades en las que nos enfocamos cotidianamente cuentan con un elemento de temporalidad, sabemos que tarde o temprano llegará el día donde nuestras decisiones nos confrontarán, por ello resulta necesario que sepamos qué tan eficientemente ejecutamos aquello que hemos hecho, aquello donde hemos estado dedicados.

Viéndolo desde el enfoque psicológico, ese momento de evaluación permitirá que nuestros diversos procesos cognoscitivos —memoria, atención, pensamiento, emoción, motivación, etcétera— emerjan para hacernos saber cómo fue nuestro comportamiento respecto a lo que habíamos decidido, y esto no es cosa menor debido a que sin esa integración mental quedaríamos expuestos como simples seres vivos, es decir, sin las facultades mínimas para poder desarrollarnos y entendernos como personas.

Y es justamente por lo anterior, que muchas veces preferimos hacernos los “desentendidos” y dejamos para “mejores momentos” las confrontaciones personales que implica el tomar decisiones y evaluarlas. Sabemos que no nos resulta sencillo o no nos gusta reconocer nuestras desatenciones, descuidos, carencias, irresponsabilidades o fallas, lo cual es parte de nuestra propia humanidad, hasta que decidimos que podemos ser distintos a como hemos venido siendo.

Llegar a los instantes donde reconocemos prioritaria e innegable la evaluación —o hasta anhelada para varias personas— es ideal, debido a que hacerla nos confirma y nos alienta en la determinación de lo que somos y lo que queremos ser. Encontrarnos con pensamientos como “Vaya que me he enfocado”, “Vaya que he estado atento”, “He sido responsable”, “Me he esmerado”… todas estas expresiones nos fortifican y nos concientizan sobre la manera como estamos confrontando la vida y asumiendo lo que está relacionado con nuestros quehaceres diarios, en distintos ámbitos: familiar, académico, laboral, social, etc.

Atender a nuestros desempeños, a la consideración de nuestro rendimiento, promueve respuestas gratificantes o de insatisfacción, no lo negaremos, pero enfocar los ángulos donde hemos sido atinados, donde hemos sabido sopesar y elegir, y en donde podemos sostenernos para sobrellevar el día a día es idóneo: así se forja el autoconcepto y la autoestima; lo es también notar en donde nos ha faltado agudeza, confianza, voluntad, temple -entre mucho más- para perseverar en lo que nos sería adecuado.

Aceptar cómo nos hemos comportado y saber si hemos estado a la altura de nuestras propias expectativas nos acerca a vivir desde la verdad y nos aleja del autoengaño —lugar que es más cómodo en muchos sentidos para varios, sin duda—; asimismo, este ejercicio de autoanálisis y autorreflexión nos dota de madurez y va consolidándonos en la etapa adulta de la vida —nos aleja del infantilismo y de lo que hemos adolecido en otras épocas—; negar dicho ejercicio, además de que nos aproxima a la mentira, fomenta la inmadurez, la inconsciencia y las evasiones, nos hace vivir fantasiosamente y nos orilla a la irrealidad.

Tener la valentía para confrontar nuestros actos desde la autoevaluación, la mayoría de las veces nos clarifica para saber la vía que nos es más conveniente transitar y escasas veces nos confunde. Tal vez esa es la máxima riqueza que se obtiene y que se aquilata al valorarnos porque nos auxilia al mirarnos desde nuevas perspectivas y así apreciamos nuevos horizontes para dar sentido a nuestra existencia. La sugerencia es no tener temor o tristeza por detenernos para evaluar y entender nuestras acciones; sin duda, conoceremos otro poco de nosotros y eso siempre resultará benéfico desde donde lo queramos ver. Saber normalmente nos da seguridad -dependiendo lo que se sepa, obviamente-; no saber genera incertidumbre y duda, así como mucho caos y desorden… y esto quizá nos pueda trastornar.

Si tienes inquietudes para reconocer la forma como estás viviendo y consideras que esto interviene en tu desempeño diario, laboral, familiar o académico, puedes contactarnos directamente en el Servicio de Orientación Psicológica de la universidad, el cual forma parte del Programa de Éxito Académico y Profesional, y ahí conversaremos para dar cauce a todas tus inquietudes.

Psic. David Alberto Osorio Ibarra
Programa de Éxito Académico y Profesional (PEAP)


Estudiar en línea