Detenerse. No porque las fechas navideñas, el mes decembrino o la proximidad de un nuevo año nos dirija a hacerlo obligatoriamente sino porque hay momentos donde hacer una pausa para reflexionar es conveniente, ya que esto nos salva de caer en un actuar mecánico o monótono que llega a orillarnos al vacío o al sinsentido y abandono de lo que antes era un anhelo.

La virtud de disminuir el paso y detenerse es contemplar: hacia lo pasado y hacia lo venidero, sin desentendernos del presente mismo. Este lapso nos permite estar conscientes de lo que pasa y nos pasa –entiéndase, en lo exterior y en nuestro interior, respectivamente–; con base en esto, podemos reordenar nuestro vivir y elegir cómo ser.

Este año en particular notamos de sobra la vulnerabilidad que nos da el hecho de ser seres humanos, así como la gran cantidad de pérdidas que llegan a padecerse de golpe: del trabajo, de un ser amado, de la tranquilidad, de la salud, de las relaciones humanas, del tiempo, de la esperanza, de la identidad, de la capacidad, de la voluntad, de la fe… y de la propia vida, entre otras. Fue algo muy distinto a lo habitual. Es ideal detenernos para mirar el porvenir.

Ha habido pérdidas incontables, sí; sin embargo, una diferencia sustancial entre lo que es una pérdida y un fallecimiento es que lo primero puede ser hasta cierto punto, reversible; es decir, perdimos un trabajo, pero podemos recuperar la fuente de ingreso si apelamos al ahínco, a la tenacidad; es viable recuperar la tranquilidad si perseveramos en lo que nos acerque a ella; la salud puede regresar si procuramos el autocuidado; el vínculo humano puede encontrar este día otros caminos para coincidir y no repetir necesariamente los de antaño; la esperanza puede resurgir si hacemos búsqueda; la identidad puede renovarse si demostramos mayor tesón para salir de donde estamos sumergidos; nuestra capacidad puede hallar mayor brío si creemos en ella; nuestra voluntad está ahí, a la espera para ser ejercida; la fe en que permaneceremos lo suficiente en este mundo hace brotar nuestro afán para combatir ante lo adverso.

En el terreno opuesto tenemos a los fallecimientos y al tiempo, pues estos se hallan en la irreversibilidad, o sea que, no pueden recuperarse nunca.

Detenernos para mirar desde otro panorama la vida es una posibilidad. Pensar si hemos ganado algo con las vivencias de los últimos meses puede arrojarnos dividendos si lo enfocamos exclusivamente desde las vertientes de la conciencia y las cualidades humanas –y que sin duda deben valorarse–; además, será valioso y humano aceptar que en ello ha habido significativos puntos de dolor. Tal vez en este instante contamos con una visión más clara y certera que nos indica que el vivir humano conlleva mantenimiento y pérdida; o, dicho con otras palabras, en este instante es visible que no se gana nada mientras se vive, sino simplemente mantenemos lo que tenemos, ya que todo un día termina perdido.

Hoy mantenemos nuestra vida y nuestro tiempo pese a lo hiriente que nos ha tocado ver y pese a lo perdido. Contamos con la suerte de decidir si dejamos de observar lo que daña y cerramos lo que ahí ha estado para abrir otro sendero; a la vez, cabe la posibilidad de recuperar lo que aún está al alcance, a nosotros mismos incluso, y avanzar en compañía de la calma, la autocomprensión y de los que amamos sin que tengamos que reprocharnos ni maltratarnos ni culparnos por lo acontecido –bastante ha sido con atravesar este año–.

Tras lo que se vivió y que vino a desordenar nuestra cotidianidad podemos empezar a reordenarnos, intentemos partir de lo que ya no está y de lo que sigue estando. Sin duda, los días que se ven en el horizonte se asemejan a los días que ha costado dejar atrás… pero hemos continuado de uno u otro modo –esto es parte de la valía y lo admirable del ser humano–.

Respiremos hondo y miremos ese horizonte, elijamos… nos toca estar aquí. Y, si está en nuestras manos, honremos el finalizar un lapso para empezar otra vez nuestro camino.

Psic. David Alberto Osorio Ibarra
Programa de Éxito Académico y Profesional (PEAP)


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