Teniendo presente la circunstancia que nos exhortó a vivir en confinamiento desde hace poco más de un año y tras observar lo que ha ocurrido con nuestra persona y los cambios comprensibles que se han dado en nuestros comportamientos, pensamientos y emociones, cabe cuestionarnos si hemos logrado adaptarnos a esta nueva vida –visto desde el ángulo instintivo de supervivencia– o hemos fallado en el intento.

No olvidemos que somos seres que, más allá de las miradas humanistas bajo las que nos regimos o en las que nos educan (ya sea la familia o la cultura del entorno con la intención amable de que alcancemos a ser personas) y que se centran en la virtud del pensamiento, también poseemos esa característica biológica que tal vez resulta más valiosa que la anterior, simplemente porque nos da vida y que luego no sabemos atender, pues son pocas ocasiones en las que ponemos nuestra atención en la misma hasta que ésta nos desborda, toca nuestras emociones y es cuando queremos darle atención profunda por fin.

Lo fundamental no es darle mayor o menor valor a una u otra, sino equipararlas y unificarlas. Hoy se observa que desde iniciado el confinamiento e incluso desde el no-confinamiento –aludiendo en esto último a las personas que se mantuvieron en desplazamientos fuera de casa por respetables razones– ya notábamos las reacciones del cuerpo ante la circunstancia excepcional en la que nos encontrábamos: se asomaron los insomnios, nerviosismos, furias, malestares, violencias, taquicardias, sudoraciones, tensiones… y un innumerable etcétera, que no supimos o no hemos sabido diluir justo por el hecho de ser parte de esas sociedades que le dan peso considerable a la dimensión cognitiva del ser humano y hemos desatendido al conocimiento personal de nuestro eje biológico emotivo.

Tal desatención deriva en que nos sintamos rebasados y transformados por esas sensaciones del cuerpo y experimentemos y desarrollemos ansiedades o depresiones, obsesiones o paranoias, hipocondrías o manías, que podríamos controlar y dominar con algo de esmero e intención sobre ellas. Todo lo previo se enquista por el descontrol del pensamiento y por la incapacidad para hacer consciente el hecho de que somos cambiantes.

Es común vivir bajo el razonamiento que busca obtener, consolidar y mantener los logros, ya que esto nos genera un aparente equilibrio y seguridad; sin embargo, también nos lleva a no familiarizarnos ni sensibilizarnos con las ideas de cambio y fracasamos personalmente cuando lo vivimos. ¿Cómo convivir con la noción de que cambie aquello que me ha dado estabilidad y bienestar? ¿Cómo asumir que puede desaparecer lo que me ha provisto de calma y goce durante determinado tiempo? ¿Cómo empatizar con que hoy no ha de ser lo que hasta ayer estaba siendo? Nuestro pensamiento llega a tomar caminos donde uno termina petrificándose y no se permite cambiar.

Caer en consideraciones de este tipo conduce a lo irreal y a la posible inestabilidad cuando surge un cambio. El cambio es continuo, pero nuestro pensamiento y nuestras conductas diarias persiguen la orden interna de que nada debe cambiar. Con la pandemia y el confinamiento es evidente que la vida ha cambiado y eso nos ha llevado a dos rutas: nos transformó –y quizá ni hemos considerado librar una batalla fragorosa para no ceder ante ello–; o bien, hemos sabido transformarla de alguna manera para conocer un nuevo rumbo de nuestra vida, un rumbo donde vemos cómo hemos madurado en esos cientos de días y cómo hemos debido ser distintos a lo que veníamos siendo para no quedar atrás ni desfallecer con lo que sentimos en todo nuestro ser.

Para nadie es sencillo vivir un cambio, algunos caeremos y otros venceremos en nuestro valioso y conmovedor deseo de adaptarnos sin saber si lo lograremos o al menos por cuanto tiempo; pero, hay que intentarlo. Tras todos los días pasados es muy nítido también que en el ser humano cabe la posibilidad permanente de asumir la transformación; o, porqué no, de elegir cómo renovarnos.

 

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Psic. David Alberto Osorio Ibarra
Programa de Éxito Académico y Profesional (PEAP)


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