El 28 de septiembre fue asignado hace no mucho tiempo –hablo de un lustro apenas– como el día donde se enfatiza que las personas gocen del derecho universal de acceso a la información.

Considerando tal conmemoración, parece que ésta coincide puntualmente para preguntarnos cómo usamos la información hoy en día para enfrentar la actualidad; es decir, ¿tenemos un compromiso –u obligación– para informarnos en estos tiempos complejos y así contar con un propio criterio?

Esta posibilidad cotidiana para recurrir a la información jamás sobra, al contrario. Justamente parece que nuestro momento de vida nos da el instante preciso para saber si somos seres informados o no, además de que nos permite percatarnos de los mecanismos que empleamos para aproximarnos al conocimiento.

Hoy podríamos cuestionarnos, sencillamente, para qué utilizamos los recursos tecnológicos con los que contamos: ¿los empleamos para informarnos o para distraernos? Hablo de nuestros dispositivos móviles, de una tableta electrónica o una computadora. ¿Con ellos accedemos a la información para conocer –y asumir– o quizá cuestionar lo que los medios de comunicación transmiten?

Parece que los recursos que poseemos, y que dan pie para conocer más que nunca nuestra realidad, sólo fungen como recursos que nos auxilian para no conocer o no querer profundizar en lo que hay en nuestro mundo. Apoyarnos en ellos serviría para ampliar nuestra consciencia y saber del acontecer en nuestra sociedad, el país, nuestro continente y en los otros; o para valorar la economía, circunstancias laborales, ámbitos de estudio, la familia, o de nuestra persona, sus ideas y emociones. Ello nos daría parámetros a considerar para conocer cómo estamos en tales contextos.

Asimismo, identificar manejos de nuestras horas diarias, su uso responsable, la dedicación que ponemos a actividades y a compromisos nos hace reconocer si nosotros mismos nos informamos de cómo gestionar nuestra cotidianidad. Conocer es un elemento propio de las personas.

Conocemos de muchas formas nuestra realidad; conocemos desde nuestros sentidos –lo que vemos, olemos o escuchamos– y conocemos otro poco a partir de los procesos cognitivos complejos que vienen después –el razonamiento que se da mediante la interpretación a aquello que recién conocimos o la reinterpretación de lo que ya conocíamos.

Lo que le ocurre al ser humano cambia constantemente, como la información. Es conveniente convencernos de que informarnos es una ruta para enriquecernos –lo que sabemos de la vida y de nosotros que estamos en ella. Leer un periódico, escuchar un noticiero, hojear revistas u otro contenido por cualquier vía es para tenerle en cuenta: nos nutrirá. Por vía impresa o tecnológica; por un diálogo, una plática colectiva; como oyentes o hablantes; lo relevante es no dejar de informarnos, no seguir justificándonos sin razones reales, ya que en cuanto a información, ésta abunda. Si somos audaces u osados para alejar lo que nos da respuestas, estamos siendo los primeros en promover nuestros malestares e incertidumbres, nuestras inquietudes y temores.

Es sabido –y lo constatamos en nuestra persona– que conocer, tranquiliza. La información poseída mitiga desórdenes emocionales y del pensamiento; la lógica nos lleva a saber que el desconocimiento comúnmente da intranquilidad; por eso nos preguntamos ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué? ¿Quién lo hizo? ¿Cómo fue? Todo para apaciguar inquietudes y obtener calma.

En esta fecha conmemorativa por el derecho a la información –y en cada oportunidad– analicemos si efectivamente usamos los recursos que tenemos para informarnos; y si sí lo hacemos, cuestionémonos si lo hacemos adecuadamente, con certeza, con convicción, para que esto –bien llevado– nos aporte la quietud que muchas veces en la vida no encontramos y que nos hace desfallecer.

Psic. David Alberto Osorio Ibarra
Programa de Éxito Académico y Profesional (PEAP)


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